Tengo algunos deseos,
unos deseos soñadores que me despiertan de madrugada
con el nombre tuyo enredado en la lengua,
otros más excitantes que me obligan a apretar los muslos
mientras imagino tus manos grandes, callosas,
recorriendo despacio la curva de mi cintura joven,
bajando hasta donde ya estoy empapada solo de pensarte.
Algunos deseos eróticos, alucinantes,
donde te veo arrodillado ante mí,
besándome justo donde nadie más ha llegado tan profundo,
tu lengua experta dibujando promesas indecentes
sobre mi piel que se eriza y suplica más.
Deseos atrevidos, lascivos,
de abrirme entera sobre tus rodillas,
sentir cómo tu edad se convierte en fuerza
cuando me agarras por las caderas y me haces cabalgarte lento,
muy lento al principio… hasta que pierdo el control
y te clavo las uñas mientras grito tu nombre como oración sucia.
Otros deseos muy ardientes, profundos,
de que me tomes por detrás frente al espejo,
para verte en mis ojos mientras me llenas hasta el fondo,
para que sientas cómo mi cuerpo joven se aprieta alrededor tuyo,
cómo tiemblo y me deshago entera cuando me dices
“así, mi niña… así se entrega una mujer a su hombre”.
Deseos inconfesables que me queman la garganta:
quiero arrodillarme ante ti como ofrenda,
tomarte entero en mi boca caliente y ansiosa,
saborear cada vena, cada pulso,
hasta que tus manos tiemblen en mi pelo
y me llenes la garganta con todo lo que has guardado para mí.
Muchos deseos prohibidos, intensos,
de que me marques con mordidas en el cuello,
de que me atas con tu cinturón y me hagas rogar,
de que me folles contra la pared hasta que mis piernas fallen,
de que me susurres al oído lo puta que soy solo para ti,
lo mucho que te excita que una chica como yo
se moje tanto por un hombre como tú.
Y al final…
después de tanto fuego, tanto jadeo, tanta locura,
todos mis deseos se derriten y se resumen en uno solo,
uno que me duele de tan fuerte,
uno que me hace abrir las piernas sin pudor mientras escribo esto:
Tú.
Solo tú, entero, crudo, sin frenos.
Tú dentro de mí, sobre mí, detrás de mí,
tú haciéndome tuya hasta que no quede nada de mí
que no lleve tu olor, tu sabor, tu huella.
Ven…
y haz realidad lo que mi cuerpo ya grita en silencio.
0 Comentarios