
¿Alguna vez has cerrado los ojos y, sin tocarte, has sentido un dedo invisible trazando la línea de tu columna desde la nuca hasta el final de la espalda?
Ese escalofrío que nace sin motivo aparente, que te eriza la piel y te obliga a morderte el labio para no gemir en voz alta…
Eso me pasa cada vez que pienso en ti.
Y lo peor —o lo mejor— es que no necesito imaginarlo.
Solo tengo que recordar.
Nadie me hace sentir como tú.
Nadie.
Tenía 18 años cuando entendí que la edad no mide el tiempo vivido, sino la intensidad con la que se ha sentido. Tú tenías cuarenta y siete. No lo supe hasta la tercera vez que nos vimos, y para entonces ya era tarde: mi cuerpo ya había decidido que eras territorio prohibido… y al mismo tiempo, el único lugar donde quería estar.
Nos conocimos en un bar de esos que parecen olvidados por la ciudad. Yo estaba con amigas, riendo fuerte para convencerme de que estaba bien. Tú estabas solo, en la barra, con un whisky que apenas tocabas, mirando el vaso como si ahí estuviera escrita la respuesta a algo que llevabas años preguntándote.
Cruzamos miradas.
No fue amor a primera vista.
Fue reconocimiento.
Como si mi piel ya supiera cómo se sentiría la tuya antes de que nos tocáramos.
Me acerqué con la excusa más tonta del mundo: pedirle al barman que subiera el volumen de la música. Pasé a tu lado rozándote apenas el brazo. Lo suficiente para que sintieras mi calor. Lo suficiente para que yo oliera tu colonia —madera, cuero, algo oscuro y caro— y se me secara la boca.
Volteaste.
Sonreíste de lado.
Esa sonrisa que dice “sé exactamente lo que estás pensando… y no me asusta”.
Hablamos quince minutos.
De nada importante.
Del calor insoportable de la ciudad, de una canción que sonaba, de lo mal que pintan los neones en las fotos.
Pero cada frase era código.
Cada pausa era invitación.
Cuando me despedí, me tomaste de la muñeca —suave, pero firme— y dijiste bajito, solo para mí:
—No te vayas todavía.
No he terminado de mirarte.
Y me quedé.
Esa noche no pasó nada físico.
Solo palabras.
Solo miradas que duraban demasiado.
Solo el roce accidental de tus dedos cuando me pasaste el vaso de agua.
Pero cuando llegué a casa, me quité la ropa frente al espejo y vi las marcas invisibles que habías dejado: mi piel seguía ardiendo donde me habías tocado sin tocarme.
La segunda vez fue diferente.
Quedamos en su departamento.
Dijo que prepararía algo de cenar.
Yo sabía que la cena era excusa.
Él también lo sabía.
Apenas crucé la puerta me besó.
Sin saludos.
Sin “¿cómo estás?”.
Directo a la boca, como si llevara días esperando ese momento.
Sus labios eran calientes, seguros, lentos.
No besaba como los chicos de mi edad —apresurados, hambrientos, torpes—.
Besaba como quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo… y quiere usarlo para volverme loca.
Me empujó suavemente contra la pared del pasillo.
Sus manos grandes subieron por mis costados, bajo la blusa, piel con piel.
Sentí sus palmas callosas —de años de trabajo, de vida— contra mi cintura y se me escapó un gemido que no pude contener.
Bajó la boca a mi cuello.
Lamió la piel justo donde late el pulso.
Succionó despacio.
Me temblaron las rodillas.
—Quiero recorrer cada centímetro de ti —susurró contra mi clavícula—.
Quiero que cuando te vayas a dormir esta noche, sigas sintiendo mi boca aunque ya no esté.
Y lo cumplió.
Me llevó al sofá sin dejar de besarme.
Me quitó la blusa con una lentitud criminal.
Cada botón que soltaba era acompañado de un beso en el lugar que acababa de descubrir.
Cuando quedé en sostén, se detuvo a mirarme.
No con lujuria barata.
Con devoción.
—Eres preciosa —dijo, y sonó como una oración.
Luego vino lo que aún hoy, meses después, me hace cerrar los ojos y apretar los muslos solo de recordarlo.
Su boca empezó por mi garganta.
Bajó por el valle entre mis pechos.
Desabrochó el sostén con los dientes —sí, con los dientes— y lo dejó caer.
Tomó un pezón entre sus labios, lo rodeó con la lengua, lo succionó hasta que dolió de tan rico.
Mientras tanto, su otra mano acariciaba el otro pecho, pellizcaba suave, jugaba.
Bajó más.
Besos en el estómago.
Lengua en el ombligo.
Dientes rozando la piel sensible justo encima de la cintura del pantalón.
Cuando llegó a mis caderas, ya estaba temblando.
Me quitó los jeans despacio, besando cada centímetro de pierna que aparecía.
Cuando quedé solo en ropa interior, se arrodilló frente a mí —un hombre de cuarenta y siete años de rodillas ante una chica de veinticuatro— y me miró desde abajo.
—¿Puedo probarte? —preguntó, voz ronca.
Asentí.
No podía hablar.
Apartó la tela con los dedos.
Primero sopló suave, solo aire caliente.
Me arqueé.
Luego pasó la lengua plana, de abajo hacia arriba, lenta.
Gemí alto.
Volvió a hacerlo.
Y otra vez.
Hasta que separó mis labios con los pulgares y metió la lengua dentro.
No hay forma de describir lo que sentí.
Era hambre controlada.
Era adoración sucia.
Era experiencia pura concentrada en cada lamida, cada succión, cada roce preciso de su lengua en mi clítoris.
Me corrí en su boca.
Gritando su nombre.
Agarrándole el pelo.
Temblando entera.
Y él no paró.
Siguió hasta que el placer se volvió casi dolor.
Hasta que le supliqué que subiera.
Subió.
Se quitó la camisa.
Vi su pecho ancho, algo de vello grisáceo, cicatrices pequeñas de una vida que no me había contado todavía.
Me pareció el hombre más sexy que había visto nunca.
Me cargó en brazos —sí, me cargó— y me llevó a la cama.
Me dejó caer suave.
Se quitó el resto de la ropa.
Cuando vi su erección, gruesa, venosa, lista, se me hizo agua la boca.
Se puso encima.
No entró de inmediato.
Se frotó contra mí, arriba y abajo, cubriéndome de humedad, torturándome.
—Dime que lo quieres —susurró.
—Lo quiero… lo necesito… por favor…
Entró despacio.
Centímetro a centímetro.
Dejándome sentir cada grosor, cada vena.
Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto.
Solo mirándome.
Respirando conmigo.
Luego empezó a moverse.
Lento.
Profundo.
Cada embestida llegaba hasta el fondo y se retiraba casi por completo.
Sus manos en mis caderas, guiándome.
Su boca en mi oído diciéndome cosas que me hacían apretarlo más fuerte por dentro.
—Así… apriétame… déjame sentir cuánto te gusta…
—Eres tan estrecha… tan caliente…
—Esto es mío ahora… ¿verdad, pequeña?
Asentía.
Gemía.
Arañaba su espalda.
Cambiamos de posición mil veces.
Yo arriba, moviéndome despacio mientras él me miraba como si fuera un milagro.
De lado, con él detrás, una mano en mi pecho, la otra entre mis piernas, tocándome mientras entraba y salía.
Perro, con sus manos en mi cintura, embistiendo fuerte pero controlado.
Me corrí dos veces más.
La última vez, él estaba encima, mirándome a los ojos, acelerando, hasta que gruñó mi nombre y se vino dentro.
Caliente.
Profundo.
Llenándome.
Nos quedamos así un rato largo.
Sudados.
Respirando agitados.
Su cuerpo pesado sobre el mío, pero no me aplastaba.
Me protegía.
Después me abrazó por detrás.
Besó mi nuca.
Susurró:
—Nadie me había hecho sentir esto en años.
Y yo pensé:
“Nadie me hace sentir como tú”.
Desde esa noche, cada encuentro es una continuación.
A veces es rápido, urgente, contra la puerta apenas entramos.
Otras es lento, tortuoso, de horas.
Pero siempre hay escalofríos.
Siempre hay esa sensación de que mi piel recuerda antes que mi mente.
Cuando me toca el pelo mientras vemos una película.
Cuando me besa la sien sin motivo.
Cuando me mira desde el otro lado de la mesa y sé que está pensando en lo mismo que yo.
Escalofríos.
Cuando recuerdo su boca recorriendo mi cuerpo —el cuello, los pechos, el vientre, entre las piernas— se me pone la piel de gallina aunque esté sola en mi cama.
Cuando siento de nuevo su cuerpo pegado al mío —pecho contra espalda, brazos rodeándome, sexo duro presionando mis nalgas incluso dormido— tengo que apretar los muslos para no gemir.
Nadie me hace sentir como tú.
Y aunque sé que esto puede no durar para siempre —la diferencia de edad, los juicios, el tiempo que avanza diferente para cada uno—, mientras dure, voy a seguir dejando que me recorras.
Voy a seguir temblando cada vez que me toques.
Voy a seguir corriéndome pensando en tu lengua, en tu grosor, en tu voz ronca diciéndome “mía”.
Porque estos escalofríos…
estos escalofríos valen cualquier riesgo.
❤️🔥Aranza ❤️🔥


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